Me mola más que a un tonto una tiza entrar en mi blog y ver la imagen del anterior post, pero claro, a lo mejor tú te hartas de verla (yo, no).
Estando inmersa en esas disquisiciones mentales, ayer estaba pensando: ‘Akroon, ¿qué vas a postear?’. Se me ocurrió hablar de los raros sueños que recuerdo al despertar, de los trabajos que he tenido… pero de pronto recordé: ‘¡Devuélveme la pelota!’… una anécdota de mi infancia.
No suelo pensar en el pasado y menos en mi infancia. Al menos no de una forma nostálgica, que a más de uno le llenaría la cara a hostias si me los encontrara ahora… pero bueno, al grano.
Debía yo rondar los 10 años más o menos (cuando antes se estudiaba aquello de la EGB). Akroon era una niña muy dulce a quien los mamoncetes de clase gustaba putear en ocasiones (que yo creo que en cada clase de cada colegio hay un par o tres de imbéciles que se dedican a amargarle la vida al personal). ¿Por qué? No sé, pregúntales a ellos.
Los juegos infantiles eran complicados: los niños o bien jugaban a fútbol o bien jugaban a la guerra. Las niñas solían jugar a gomas (esas cuerdecillas elásticas con las que te hacías un lío en las piernas al querer saltarlas).
No sé jugar a gomas (soy más de comba), con lo cual, no podía jugar con las niñas. Y las niñas eran muy ‘reconsagrás’ a veces…
No sé jugar a fútbol. Los días de fútbol, no podía jugar con los niños.
Pedí jugar a la guerra los días que tocaba guerra: me dijeron que no podía porque era niña. Aaaaaaaaaamos a ver: ¿acaso no sé disparar una pistola de índice y pulgar gritando PIÑAO PIÑAO???
Después de una acalorada discusión al respecto, me facilitaron un puesto de enfermera de los dos bandos, pasándome la hora de patio ejerciendo el CHIKI CHAK, CURADO (y cuando no me veían, disparaba algún que otro ¡PIÑAO!).
Entre piñaos y chiki-chaks fueron discurriendo los tiempos infantiles de hora de patio.
Un día, justo antes de la clase de gimnasia, estaba yo jugando con la pelota de básquet que me había prestado mi hermano. Era una hermosa y desgastada pelota de color ocre (nada de las naranjas que llevaba todo el mundo, ¡la mía era ocre!).
Uno de los niños, al que cariñosamente llamaré Orco (simplemente por coincidencia con la primera incinal de su nombre), en connivencia con al que afectuosamente llamaré Ramero (por las mismas razones que el anterior), me robó la pelota después de una canasta. En ese momento empezó eso que a día de hoy me saca tanto de mis casillas como entonces: lo del ni ni ni ni ni niiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii (o en versión de mi tierra, elis elis eeeeeeeeeeeeeeelis), en que se pasan la pelota del uno al otro y yo doy saltos como una gilipollas intentando atraparla.
En un momento de despiste, logré acorralar a Orco en una esquina del patio.
Pese a que yo le sacaba cabeza y media, era una persona pacífica y no solía meterme en trifulcas. No obstante, esa situación estaba acabando con mi paciencia (que te avanzo, es mucha). Ramero desapareció no sé dónde, mientras Orco reía y sujetaba MI pelota debajo de SU camiseta.
Con voz calmada y serena le dije:
- Orco, devuélveme la pelota.
Orco seguía riendo e intentando buscar con la mirada a Ramero, supongo que para seguir el juego del ni ni ni ni ni ni.
Le miré y repetí:
- Orco, devuélveme la pelota.
Orco pasó de mí, mientras se zafaba de mis intentos por recuperar aquello que era mío.
Me acerqué y le dije al oído:
- Orco: voy a contar hasta tres. Si a la de tres no me has devuelto la pelota, te voy a meter una patada en los cojones.
Si esto lo hubiera dicho con voz de Vitto Corleone hubiera sido lo más, pero solo tenía voz de niña de 10 años.
Orco siguió riendo, ajeno a que mi amenaza era una amenaza real y plausible. Supongo que no me creía, porque no solía pasar del ‘ayyyyyyyyyyyyyyyy, jooooooooooooo, es míooooooooooooo!!’… pero claro, todos tenemos un límite.
Miré fijamente a Orco y le dije:
- Uno (caso omiso)
- Dos (caso omiso)
- ...
- ...
- Tres (caso omiso)
Llegado el momento, sabía que debía ejecutar mi amenaza o jamás me tomarían en serio.
Respiré hondo. Incliné un poco mi tronco hacia delante mientras levantaba la rodilla derecha hacia atrás y tomaba impulso. Miré a Orco. Seguía riendo, ajeno a lo que iba a suceder, mientras sujetaba MI pelota incansablemente debajo de SU camiseta.
En un gesto rápido, mi espalda se puso recta a la vez que mi rodilla derecha se dirigía implacable y veloz hacia la entrepierna de Orco, y con un golpe seco y contundente, perpetré mi venganza.
Orco se quedó blanco, sin respiración, mirándome con cara de asombro, incapaz de comprender por qué esta vez no era igual que las demás.
La pelota cayó (remarco CAYÓ, no ‘la soltó’), mientras él hacía lo mismo sobre el suelo del patio.
Tomé mi recuperada pelota.
El profesor de gimnasia gritó ‘¡A LA FILAAAAAAAAAAAAAA!’. Y cuando gritaba a la fila, era a la fila. Orco no podía levantarse, estaba todo acurrucadito en el suelo… criatura…
Ante el temor a que me delatara ante el profe, decidí que tenía que redondear mi venganza asegurándome de que nada malo pudiera pasarme.
Me incliné hacia Orco y le dije:
- Y como digas algo, mañana te meto otra.
Orco llegó tarde a la fila.
El profesor le reprendió.
Orco dijo que había tropezado jugando a fútbol.
Mi pelota jamás volvió a manos ajenas sin mi consentimiento.
… A pesar de ello, soy muy buena persona, te lo aseguro…





Tengo un buen oído para la música, un buen oído para los pequeños ruidos molestosos, un buen oído para conversaciones en un entorno ruidoso… Pero soy nefasta para discernir una canción en el hilo musical de unos grandes almacenes y para determinadas conversaciones.







